In memoriam: Jon Lord, por Jot Down Magazine

18 Jul

In memoriam: Jon Lord

por Emilio de Gorgot (Jot Down Magazine)

Resulta entristecedor asistir a la desaparición de los viejos ídolos del rock, esa forma artística que se convirtió en pináculo de la expresión juvenil, es algo que produce una sensación extraña. El rock no envejece, pero por desgracia sus intérpretes sí. Todo el mundo muere. Aun así, uno puede evitar pensar que, de entre todos los individuos que enriquecen nuestras vidas aportando su grano de arena a la inmensa montaña de la cultura, son precisamente los viejos rockeros quienes no deberían desaparecer jamás. No está bien.

Pero así son las cosas: Jon Lord, el mítico teclista de la legendaria banda británica Deep Purple, ha muerto a los setenta y un años de edad. El órgano Hammond ha perdido a su Jimi Hendrix particular y los Purple, que pudieron sobrevivir —más o menos— a las diversas espantadas del guitarrista Ritchie Blackmore, otro icono difícil de sustituir (al menos de forma convincente), no podrán continuar sin Lord. Ya no tiene sentido. Él le daba el sonido característico a Deep Purple y no hay en el mundo otro teclista cortado por el mismo molde.

Jon Lord es uno de los representantes de la tercera generación del rock, esa que lo estiró hasta límites antes insospechados. La primera generación, la original, fue la que sentó las bases. La segunda, la de los Beatles y su legión de derivados, introdujo influencias externas al rock & roll de raíces, incluyendo desde la música clásica hasta los estilos folclóricos más dispares. Y en la tercera generación llegaron músicos que querían combinar la intensidad y garra de la primera generación con la experimentación de la segunda. Algunos de esos músicos, además, tenían formación musical académica, como en el caso de nuestro protagonista. Criado en la burbuja del piano clásico, Jon Lord fue uno de esos chavales ingleses que un buen día descubrió un mundo más allá de Beethoven y Bach y quiso sonar más americano que los propios americanos. Aunque su formación clasicista puede adivinarse en diversos momentos de su carrera —sin ir más lejos, como cuando escribió un “concierto para grupo y orquesta” para atraer la atención de los medios sobre Deep Purple— lo que a Jon Lord le gustaba era convertir su Hammond en una versión con teclas de la guitarra eléctrica: obtener un sonido agresivo, punzante, feroz. No en vano es un teclista que ha influido no sólo a otros teclistas, sino también a muchos guitarristas con sus fraseos y solos, porque era alguien que llevó su instrumento a un nuevo nivel de intensidad. Es fácil demostrarlo: cualquier canción del abrumador disco en directo Made in Japan —una de las mejores grabaciones en vivo que se hayan registrado jamás— pone de manifiesto que Jon Lord tenía un estilo único y que sus solos se adelantaron a su tiempo. O mejor aún, eran intemporales; ¿quién podría ponerse ante su Hammond y sonar así en el solo de Highway Star? Un grupo tan orientado a la explosión inmediata como Deep Purple difícilmente podría haber funcionado con otro teclista. Ya en los comienzos de la banda, con la primera formación —que no fue la que se hizo más célebre— su órgano destacaba por encima del resto de la banda; podía ser  suave o áspero, melódico o percusivo; todo ello con la misma facilidad y con un sentido del ritmo que para sí querrían muchos bajistas o guitarras. Por no hablar, claro, de la baza que suponían su imagen y su actitud sobre el escenario.

Deep Purple no atravesaron ninguna crisis musical cuando dos importantes piezas, el cantante Ian Gillan y el bajista Roger Glover, dejaron la banda a mediados de los setenta, rompiendo lo que la mayor parte de la gente considera la formación “clásica” del grupo. Ahí seguían Jon Lord junto a la inconfundible guitarra de Ritchie Blackmore y al corazón que bombea la sangre del grupo, el nunca suficientemente ponderado batería Ian Paice. La entrada de dos nuevas gargantas, la del cantante David Coverdale y bajista/cantante Glenn Hughes, revitalizaron la banda con un nuevo sonido y unos juegos de voces hasta entonces impensables, grabando uno de los mejores discos en estudio de la banda (…si no directamente el mejor, podría discutirse hasta el infinito), el apoteósico Burn. En el siguiente disco, Jon Lord —que ya había descubierto los encantos del funk y del Fender Rhodes— se alió con Glenn Hughes, fanático seguidor de Stevie Wonder y compañía; la banda empezó a derivar hacia sonidos más groovy, provocando finalmente el disgusto y el abandono del cabreado Ritchie Blackmore. Tampoco eso detuvo a la banda; ficharon al malogrado Tommy Bolin a la guitarra y, ya sin Blackmore y sus intentos de controlarlo todo, Jon Lord y Glenn Hughes pudieron dar rienda suelta a nuevas influencias.

Aunque Deep Purple cayeron víctimas de su propio éxito y desaparecieron a mediados de los setenta —no ayudó la temprana muerte de Bolin—, en todas aquellas primeras etapas de la banda quedó claro que Blackmore no había sido insustituible, ni tampoco Ian Gillan, ni tampoco Roger Glover… y que era Jon Lord quien siempre había estado ahí, definiendo el sonido del grupo con su órgano. Como también estuvo haciéndolo mientras aparcaba su estilo habitual y recurría a teclados más tradicionales en su nuevo grupo, Whitesnake: sonando más americano que nunca —pianos boogie incluidos— Jon Lord y sus nuevos compañeros (entre ellos, se trajo de Deep Purple a Ian Paice a la batería y Coverdale a las voces) dejaron varios excelentes discos de rock directo y festivo. Esto, claro, antes de que David Coverdale conviertiese a la “serpiente blanca” en un instrumento para su lucimiento personal y el engrose de su cuenta bancaria.

El retorno de Deep Purple en los ochenta se produjo bajo unas nuevas condiciones; ya no podía ser Blackmore el eterno aspirante a dictador (por lo cual, claro, no duró mucho tras el regreso) porque los hechos habían demostrado que si había Jon Lord, había Deep Purple. Y punto. Aunque en justicia lo mismo podría decirse del batería Ian Paice, eso sí.

La nueva etapa de Purple, que ha terminado hoy con el fallecimiento de Lord, tuvo sus más y sus menos. El retorno de Blackmore fue brillante pero breve; el desempeño de Ian Gillan ha ido de mal en peor, de ahí a regular, de ahí a irregular, de nuevo a mal y finalmente a caricatura de sí mismo. Diversos guitarristas han cubierto ocasionalmente el hueco de Blackmore hasta que Steve Morse se estabilizó en el puesto. Mejor o peor, Deep Purple han seguido en activo haciendo felices a muchos fans que podían contemplar en vivo todas esas canciones en ocasiones tan difíciles de interpretar. Pasaron por sus años de relativo ostracismo, cuando buena parte de la prensa musical —especialmente la más orientada al pop, esa prensa siempre “de tendencias” que ha sido causa de tantos males en la industria— despreciaba abiertamente el legado de Deep Purple; pero desde hace ya tiempo se había vuelto a considerarlos unánimemente un clásico indiscutible… aunque no hayan entrado en el Rock & Roll Hall of Fame.

Pero ahora han dejado de existir; al menos, por lo que a mí respecta. Unos Deep Purple sin Blackmore están algo descafeinados, pero son factibles. Unos Deep Purple sin Ian Gillan mejorarían bastante. Unos Deep Purple sin Jon Lord, en cambio, no entran dentro de lo concebible. Es cuando los perdemos cuando uno se da cuenta de lo únicos que llegan a ser cierta clase de artistas. ¿Quién va a poder tocar los teclados como Jon Lord? Nadie. Su estilo era demasiado sui generis, demasiado propio de él, demasiado Jon Lord para que otro pueda sentarse en su lugar y no hacernos decir “no es lo mismo”. Aunque a algunos les pueda sonar a herejía, he visto a los Doors con Ian Astbury y, francamente, no se echaba demasiado de menos a Jim Morrison. Es cierto, y antes de verlo con mis propios ojos yo mismo nunca creí que diría algo así, pero la evidencia me lo demostró: a veces la leyenda nos engaña. Astbury podía cantar aquellos temas de los Doors tan bien, o por momentos mejor, que el propio Morrison, y no desentonar en absoluto con el estilo original del grupo. Así que hay mitos que son más grandes que el desempeño real del músico que los encarna. Ese podría ser el caso de Morrison. Pero hay músicos que son mucho, mucho más grandes que su propio mito. Y Jon Lord es uno de esos músicos. Tal vez no hayan filmado una película sobre él ni su rostro esté en millones de posters a lo largo del mundo. Pero sí puede afirmarse algo con total seguridad sobre Jon Lord: él sí es insustituible. Lo sabremos ahora que no está entre nosotros: no hay ni habrá nadie como él.

Tal vez su muerte no impacte al gran público como la de otros personajes del show business, pero estoy convencido de que la cantidad de gente que en este mismo instante está lamentando la pérdida de Jon Lord es bastante mayor de lo que podría parecer. Mucha de la misma gente que seguía escuchando aquellos discos de Purple cuando eso ya no estaba considerado “cool” por los modernos de turno (ahhh… los abominables años ochenta) y los Purple eran “dinosaurios” anticuados sólo aptos para los descerebrados del garito “heavy” del barrio. Sí, esos tiempos existieron. O mucha de la misma gente que ha nacido y crecido más tarde pero ha buscado música interpretada con amor, con libertad… y con destreza. Jon Lord ha tenido impacto sobre muchísima gente; no creo que haya nadie vinculado (seriamente, quiero decir) a la música rock que no haya recibido esta noticia como un inesperado mazazo.

Pero siempre podemos contemplar un viejo vídeo de Deep Purple y decir: qué tiempos, cuando los grupos de éxito aún sabían tocar y hacerlo, con perdón, con un par de cojones.

Goodbye, Jon.

Vía Jot Down Magazine

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